Es una de ésas épocas del año en que estamos en plan acabar con todas las existencias de la nevera, para dejar cuantos menos víveres perecederos posibles, y esto no hace más que provocar la creación de extraños inventos gastronómicos, dignos de ser tildados con la etiqueta de “herejía” en toda regla.
La última: un arroz a la cubana que acabó transmutado en un híbrido entre chilli con carne y arroz con curry. Lo peor es que estaba bueno.
La idea inicial, como comentaba, era hacer arroz a la cubana. Ya saben, el típico con un sofrito, arroz blanco, un huevo frito… Pero de repente vi que no tenía más que un huevo (y éramos dos a comer), y tampoco tenía arroz redondo, sino arroz tailandés (jasmine rice, como lo llaman aquí). Así que el supuesto sofrito de tomate y atún se reconvirtió en uno con carne picada, ajo, cebolla, piñones, y una mezcla de especias que me salió estupenda (aún me sorprendo de haber alcanzado tan bien el equilibrio): un poco de nuez moscada, pimienta, pebrella, hot chilli, y por supuesto, curry (el polvillo que ya va mezclado).
El arroz lo hice mientras tanto, con el procedimiento habitual para cocinar sticky rice: enjuagarlo un par de veces primero para quitarle el almidón, 15 minutos en reposo con 1 1/3 de agua por parte de arroz, y luego puesto al fuego hasta que hirviera (tapado) y 15 minutos al fuego lento (todo el rato tapado).
En fin, que se quedó estupendo, pero no dejaba de pensar en lo hereje que debía ser todo aquello. ¡Qué mezcla de ingredientes tan insospechada! Creo que por eso mismo tenía un puntillo de emocionante y todo.


