(en claro homenaje a El caso de la mujer asesinadita, por supuesto)
Decidimos comprar un set de cubiertos nuevos. Y tras muchas divagaciones y vistas varias a las típicas tiendas (Habitat, Ikea, Argos…) acabamos decidiéndonos por comprar un set de los que venden en Peter Jones (o John Lewis, que tanto monta, monta tanto). Ni muy caros ni muy tirados de precio, por si las moscas.
En fin, que los traemos a casa, y antes de usarlos, como es evidente, debíamos lavarlos. Y como los gatos estábamos un poco vagos, pues metimos los cubiertos en el lavavajillas, junto con algunos de los antiguos que también estaban sucios. Eso sí, antes de comprarlos nos habíamos asegurado de que fueran “dishwasher safe”.
Pues nada, dejamos al lavavajillas haciendo de las suyas, nosotros nos dedicamos a tareas mucho más lúdicas que hacer la fregada, y cuando acabó el programa y se puso a pitar para que abriéramos la puerta, obedecimos raudos y veloces. Y cuál fue mi sorpresa cuando tomo uno de los nuevos cuchillos –con un trapo, a guisa de guante, para no quemarme– y descubro chorretones de óxido deslizándose por su filo. Y en las cucharas, y en los tenedores, y en las cucharitas de postre…
En fin: algo alucinante.
Comparo con los otros cubiertos (los antiguos): ni rastro de óxido (y mira que son de los malos, malos). No dábamos crédito a lo que veían nuestros ojos.
Esto hay que devolverlo, me dije. Y eso hice al día siguiente. Los metí todos en su embalaje de nuevo y me dirijo a Peter Jones. Discretamente, me acerco a un mostrador y muy sigilosamente le digo a la dependienta que quería devolver un producto. La mujer, sin ápice de sutileza ni nada por el estilo, me dice que ¿¡qué quiero devolver!? Así que ya que se pone así, saco la cajita de los cubiertos y le enseño el cuchillo –con cuidado, para que no pensara que quería atacarla–.
– Pues que los compramos antes de ayer y así están de oxidados tras el primer lavado en el lavavajillas…
Se queda mirando con la misma cara que se nos quedó a nosotros, y suelta una respuesta standard y del todo inútil:
– Vaya, pues no le ha pasado a nadie más, es el primer caso que conocemos…
Como si eso me resolviera a mí la vida. La miro con expectación, mientras se explaya admirando todo el óxido que desbordaban los cubiertos. Al rato, reacciona:
– ¿Y qué dices que hiciste? ¿Lavarlos en el lavavajillas? No… ¿no los dejarías en remojo? O… ¿O toda la noche en el lavavajillas?
– Esto ha ocurrido tras lavarlos una sola vez en el lavavajillas. El cual abrí inmediatamente según acabó el programa.
– No les habrás puesto… (hace una pausa solemne)… ¿vinagre?
¿¡Vinagre!? ¿Qué se había fumado esa mujer? ¡Pero si el vinagre es el típico remedio casero para eliminar el óxido! Le contesté un “no” rotundo, con vehemencia y decisión.
– Entonces, ¿te devuelvo el dinero? ¿O los quieres cambiar por otros?
– Mejor me lo devuelves, y ya miraré si me interesan otros…
Con el dinero en el bolsillo, vuelvo a inspeccionar los sets de cubiertos, esta vez con el ojo más avizor que nunca. Me había dado cuenta de que el óxido había aparecido por los bordes y los filos, que en lugar de tener un acabado consistente, bien sellado, tenían una especie de rugosidad… como si no estuvieran bien limados y/o contorneados. Y con ese conocimiento en la cabeza, fui comprobando como todos y cada uno de los cubiertos en exposición estaban así de mal acabados, lo cual era el preludio inevitable de una nueva aparición de óxido en caso de adquirirlos. Por curiosidad, miré las etiquetas de las cajas, para descubrir dónde estaba aquello fabricado: mutis por el foro y silencio absoluto. Ni una referencia. ¡Sospechosísimo!
Así que me volví, compuesto y sin cubiertos… ¡menos mal que no llegamos a tirar los antiguos!