El otro día encontré también una propuesta para elaborar el llamado “cold-brewed coffee”. Sus beneficios, decían, era que es un café mucho menos amargo que el normal, y que tiene un sabor mucho más fuerte, ideal para usarlo añadiéndole un poco de hielo y tal.
Por supuesto, ¡tenía que ponerlo a prueba!
Lo puse en la cafetière, durante toda una noche, con la ración habitual de café (medido con su medida correspondiente). Al día siguiente procedí a olerlo primero, para ver si aquellos fastuosos vapores que describían se habían conseguido desprender o no. Oler, olía bien, pero también olía así nada más ponerlo. ¿Quizá porque el café (Lavazza) era bueno y aromático de por sí? Dejando el tema oloroso aparte, lo calenté y procedí a degustarlo y sí, efectivamente es ligeramente menos amargo que el café normal; me lo tomé con leche, sin azúcar. No estaba mal pero tampoco tenía un sabor que dijeras “¡Oh sí, CAFÉ!”
No creo que lo vuelva a repetir; demasiada ceremonia (dejarlo toda la noche, blabla) para tan poca diferencia. Además, creo que lo que me gusta del café es cuando lo haces con agua caliente y se desprende todo su aroma característico. La parte amarga también es inherente al café. Si no, no sería café.
Related posts:
