No hay nada más divertido e imprevisible que las conversaciones que se producen espontáneamente. Funcionan así: estás parado en un sitio cualquiera (obviamente, debe ser un lugar por el que circulen personas) y de repente, se te acerca alguien, titubea (o no) y se pone a hablar contigo de cualquier tema.
La última que me ocurrió fue cuando estaba a la puerta de una tienda de souvenirs, guardándole las maletas a una de las múltiples visitas que acogí en mi casa, mientras se entregaba a la labor de adquirir regalitos tontos para familiares, de los que acaban en un cajón años después (los regalos, no los familiares, aunque todo llega al final…). Miraba yo los autobuses de dos pisos, los Big Ben, London Eye, palacio de Buckingham y otros temas clásicos de souvenirs, cuando de repente, se acerca un hombrecillo bajito y probablemente ya jubilado, y señalando a unas reproducciones en hojalata de motos que había en la parte inferior del escaparate, dice:
– Están muy bien, las motos.
– ¿Le gustan las motos? –le seguí el rollo un poco, a ver qué me decía.
– Sí, las Harley.
– Aahh… –yo de motos no sé nada así que asentí, para que siguiera hablando.
– Antes tenía una. Se parece a ésa.
– Aha… Muy bonita.
Y se fue, sonriéndose.
Otra vez estaba esperando el autobús en Manchester, todavía bajo la sorpresa del acento del norte, cuando se acerca una ancianita con el pelo redondito y blanco, y me pregunta si ya había venido no sé qué autobús. Me sorprendió gratamente porque me lo preguntó en un inglés de lo más entendible, y se lo dije:
– Es usted la primera persona que entiendo a la primera desde que estoy aquí.
– ¿Ah sí? Bueno, es muy normal. ¡Estos del norte hablan que no se les entiende!
– ¿Usted tampoco los entiende?
– ¡No! Cuando vine aquí… ¡no me entendía nadie tampoco!
– ¿No es de aquí?
– No, yo soy irlandesa.
La conversación siguió y siguió. Pensé que me quería invitar a merendar, pero al final cogimos autobuses diferentes. Aún hoy no me explico cómo podía entender mejor el acento irlandés que el norteño, pero son cosas que te pasan cuando eres joven. La magia de la incertidumbre y lo desconocido.
En esa misma parada de autobús, se me acercó una mujer, debía tener unos cuarenta años. No sé cómo empezó la conversación, pero de repente estaba contándome su vida. Había estado en España aquel verano; la echaba de menos ya (y sólo estábamos en Agosto). Sacó un cigarrillo alargado de una caja estrechita y antes de encenderlo, me preguntó:
– ¿Fumas?
En aquella época lo hacía ocasionalmente, así que…
– Sí, a veces.
– ¡Toma, toma!
Me ofreció cuatro de aquellos cigarrillos alargados, parecían de estrella de cine de los 50, de los que se fumaban con un alargador. No sé si es que le di lástima o por qué lo hizo. Le dije que no hacía falta, que ya tenía tabaco, pero ella insistía:
– ¡Es que me has caído bien!
Ante aquella frase, no hubo nada más que discutir. ¿Por qué caerle mal? Cogí los cigarrillos e hice ademán de encender uno, pero llegó su autobús y me salvé. Eran de tabaco rubio, parecido al Fortuna o el Marlboro, y yo era tan ocasional que hasta el tabaco light me mareaba. Los guardé con el resto de souvenirs del viaje.
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