Dijimos de ir a dar un paseíllo por Hampstead Heath. El tiempo nos aseguraba ayer intervalos soleados. Una estratégica consulta al Weather Forecast de la BBC el mismo día nos dibujaba un paisaje del todo diferente: Light rain a las 16h, Sunny spells a las 19h. O lo que es lo mismo: que podía pasar casi cualquier cosa.
Con sendos paraguas y la esperanza de poder desafiar –y ganar– al señor Murphy y su insolente apéndice sobre las precipitaciones, tomamos la senda que asciende lentamente sobre la colina sobre la que se asienta la pequeña estación de tren, con el muy apropiado nombre de Hampstead Heath.
No estamos aún por la mitad cuando el chirimirí se hace más abundante. Bueno, sacaremos el paraguas de la mochila. Lo hacemos, sin hacer ningún comentario. Seguimos subiendo; apenas hemos cruzado el estanque de baño mixto y comenzamos a adentrarnos en un pequeño túnel formado por árboles en una especie de encrucijada, cuando el abundante chirimiri se desvía hacia una lluvia de goterones que caen pesados sobre nuestros paraguas. Plof, plof, tercian, pero sin insistir demasiado.
En lo alto de Parliament Hill, más bien imaginamos los monumentos que –en teoría– deberíamos poder divisar en lontananza, según reza una placa situada estratégicamente junto al camino. Escondidos tras una capa de lluvia gris, se insinúan algunos, los más cercanos. La torre de BT, la cúpula de St. Paul’s… imposible distinguir el resto.
Atrevimiento: bajamos hasta el siguiente estanque. ¿Habrá patos? No nos da tiempo ni a acercarnos al punto de observación. Un torrente se desliza por la gravilla; los chof chof que producen nuestras pisadas ya suenan en el interior de nuestro calzado. Suficiente (¿demasiado?) por hoy.
Volvemos sobre nuestros pasos, mientras la lluvia nos rodea, desplomándose verticalmente a nuestro alrededor: ha roto a llover. El cielo se ha roto. ¿Quién habrá sido? Los pantalones pesan, es cansado saltar de isla en isla, esquivando los charcos yendo de puntillas sobre unas plantillas empapadas. Queremos cruzar. ¿Nos mojará ese coche que viene? Pensándolo mejor: ¿realmente lo notaríamos?
Un café y pastel de zanahoria; esperemos que amaine. Las camareras observan la calle a través del ventanal, contemplando incrédulas el espectáculo inusitado. Los torrentes que se deslizaban por la gravilla junto al estanque han tomado por asalto la cuesta de Pond Street. La calle llora como una Magdalena. Ya se le pasará…
Al volver del café, el temor: que no me hayan cerrado la estación de metro. Durante todo el trayecto, se suceden los anuncios: Golders Green is closed due to flooding. Chalk Farm is closed due to flooding. Por favor, que no hayan cerrado la mía…
Una estación antes, el tren se demora más de la cuenta en el andén. Se oye el ruido característico, previo a un anuncio del conductor. Ese pitido… Los pasajeros nos revolvemos en nuestros asientos, incómodos. Esperamos no oir lo que quizá va a decir, pero acabamos oyendo algo inesperado:
– The passenger on the last carriage with the bicycle. Please fold the bicycle or leave the train.
(Ruido estático. El pitido)
– Have you folded the bicycle?
(Ruido, como si frotara el micrófono o lo pasara de una mano a otra)
– I repeat: fold the bicycle or leave the train NOW
(Silencio)
– OK, thanks
Risas. El tren reanuda la marcha. Llego a casa, me quito las zapatillas, los calcetines. Chorrean. Los pantalones más. El paraguas abierto, en la bañera, para que se seque. Como un champiñón gris pizarra.
Ha sido una buena tarde.
Buenas noches.
(Oh-oh, es el segundo post sobre lluvia, espero que no se convierta en el monotema del blog)
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