Un día de furia (a la española)

Sloane Square, 11 de la mañana de un día soleado. Las cafeterías hacen su agosto –nunca mejor dicho– con la gente “muy bien” que desayuna alegremente en las animadas terrazas estilo parisino. Los clientes se miran unos a otros de reojo y se hacen guiños. A saber la de tensiones sexuales que hay por ahí.

En otro orden de cosas, me dirijo hacia el Consulado Español mientras trato de pensar en algún mantra que me ayude a pasar de una forma más o menos sosegada el tedio que me veo venir a cada paso que me acerco hacia ese edificio maldito. Los suaves olores especiados que salen de las tiendas de decoración y regalos no ayudan a que la mente deje de pensar en Lo Peor, pero sigo haciendo el mayor de mis esfuerzos por mantener mi paciencia a toda costa.

Al girar la esquina de Draycott Place, me parece divisar a una persona vestida de verde en la entrada. “No será que ahora hay un Guardia Civil en la puerta… ¿hasta aquí hemos de llegar?”, me digo/niego a mí mismo. Hay seis personas a los pies de los escalones que llevan al interior. Según me acerco, compruebo que efectivamente sí es un Guardia Civil el que cuida la entrada de tan insigne edificio. Observo a las personas de la entrada. No sé si están formando una cola o admiran el edificio (ya sería raro). Miran al suelo, apesadumbradas, sin ganas de hablar. Subo los escalones y me acerco hacia la puerta, pero el amigo Guardia Civil (GC a partir de ahora, para abreviar) me cierra el paso. Unos breves instantes me bastan para preguntarme: “¿me hablará en inglés? Ha de ser un puntazo ver a un GC hablar en inglés”. Pero no es así:

– Usted, ¿qué desea?

– Pues renovar el pasaporte…

– Espere ahí –me dice, señalando con desdén la calle.

Ha sido probablemente una de las experiencias más descorazonadoras que he vivido en mucho tiempo, y casi diría denigrante, pero prefiero guardar ese término para cosas más chungas. ¿Qué le reserva el Estado Español a sus ciudadanos? ¡La puta calle mientras esperan!

Me alegro de haber decidido ir hoy, que hacía buen tiempo, y no uno de esos días en que caen chuzos de punta o corren molestos vientecillos del mar de Escocia, por poner un ejemplo, y vuelvo a bajar los escalones, preguntándome si no sería esto una indignidad o una afrenta a mi honor español. Entonces me doy cuenta de que hay un cartelito sobre una peana en alto, instando a los ciudadanos españoles a formar cola a la izquierda y al resto a formar cola a la derecha. Sólo que el cartel está mirando pa Gales, y no hay forma de darte cuenta de que está ahí, a menos que hagas cola y lo escudriñes todo, aburrido.

Al rato sale el GC otra vez y se dirige al primer chico que hay en la cola.

– Usted, ¿qué quiere?

– Mmmm… well.. hmmm… My girlfriend and I want to go on holiday to Spain and we don’t know whether we need a visa or not…

– … –lo mira, poniendo cara de no entender ni una palabra.

– … we are South Africans… –añade, como si así fuera a ayudar al GC

– Espere un momento. El siguiente, ¿qué desea?

– Un registro

– Espere ahí. El siguiente… ah, pase.

Y así hasta que me toca a mí. Mientras tanto, hay murmullos de desaprobación y queja, por supuesto, pero con moderación. Si el resto es así, aún lo podría soportar, pienso. Paso, me hacen pasar la mochila por el detector de metales, me preguntan si llevo un móvil o elementos metálicos en los bolsillos, paso por el arco de seguridad, y me pregunto si esto no sería una especie de telepuerta para teletransportarse a España al pasar por el arco detector, porque de repente se siente uno como rodeado de toda esa burocracia rancia que tan poco me gusta.

– Hable con él –me indica GC, señalando al recepcionista parapetado tras un doble cristal de seguridad, aunque tiene la puerta, a la derecha, abierta de par en par, quizá para que corra el aire.

– Hola, me ha dicho que hable contigo.

– ¡Ah!

– Quiero renovar el pasaporte.

– ¿Y traes el antiguo? ¿Faltan más de seis meses para que caduque? (etc etc, con fuerte acento gallego)

Lo importante de esta conversación es que tenía que pagar £14.60 pero a estas alturas (año 2009) en el Consulado aún no aceptan pagos con tarjeta. Es algo que me sigue dejando obnubilado. Puedes pagar el periódico con tarjeta en cualquier kiosko pero ese concepto parece ser demasiado avanzado para los procesos administrativos españoles. Así que, como nunca llevo metálico encima, he tenido que ir al cajero a propósito.

Voy, vuelvo; GC me hace pasar la mochila por el detector de nuevo. Me pregunta si ya tengo número para el pasaporte. Le digo que sí. Me lo vuelve a preguntar. Le enseño el número. Al fin se lo cree, y me dice que vaya abajo. ¡Al zulo!, me digo. Sigo la flecha, que ponía “Nacionales”. La ceremonia de bienvenida consiste en un chillido histérico de niño, en todas mis narices. Noto mis tímpanos vibrar, los imagino elongando a la máxima frecuencia. Pobre de mí, la que me espera.

En el sótano, a la izquierda hay una serie de sillas con gente esperando, y unas ventanillas al fondo, con numeritos arriba y todo para el turno. ¡Se han modernizado! La última vez que fui al Consulado, el número para la cola era uno de esos turnomatic que te puedes encontrar en la carnicería mismamente. Pero… ¿dónde está la caja a quien debo abonarle mis £14.60? Ah… hay una flecha que indica a la derecha… ¡ahí está! Bajo de la escalera hay una pequeña ventanilla con un cartel que reza “CAJERA”. La susodicha está tras el cristal, esperándonos a mí y a mis libras. Me dirijo hacia ella, le paso mi solicitud de renovación por la bandejita, y justo cuando me va a responder, el niño de los gritos la emprende de nuevo, con más fuerza que nunca. Es como un cochino que están abriendo en canal. Sin embargo, la cajera persiste en su actitud hierática y, ajena a la situación exterior, continúa hablando para el cuello de la camisa que no lleva. Lo único que hago es ver sus labios moverse, sin enterarme de qué dice.

– Perdona, es que no te oigo.

– … — sigue moviendo los labios, impasible, mientras el cochino grita, a punto de salirle un pulmón por la garganta.

– Que digo que no te oigo…

– …

– QUE DIGO QUE NO TE OIGO PORQUE ESTÁ EL NIÑO GRITANDO

Entonces se digna a alzar un poco el tono de voz:

– ¿Tienes 10 peniques?

¡Encima, van cortos de cambio! Esto, con tarjeta, no pasaría. Le doy los 10 peniques, recojo mi cambio y me da un ticket justificante de pago, después de cuñar mi solicitud para certificar que he pagado. Me siento en una silla a esperar que me toque el turno.

Una tipa quejándose porque el pasaporte sólo se lo habían hecho para sinco años, en vez de dies años. Que a qué santo. La de la ventanilla explicándole que es porque es menor de treinta años. Otro, que a duras penas habla español, pidiendo un nuevo pasaporte con la foto no-sé-qué. El cochino sigue gritando desaforado mientras corretea por el sótano, ante la atenta y complaciente mirada de sus padres.

Me pongo los auriculares para tratar de alejar aquella cacofonía humana de mis sensibles tímpanos. Podría tratar de leer algo, pero es imposible concentrarse. Decido mirar al techo, por la claraboya que a duras penas proporciona un poco de ventilación a este humilde zulo que la madre patria ha dispuesto para nuestro uso y ¿disfrute? Se ha nublado fuera.

De pronto, me toca a mí. Salto como un resorte –cuando uno está en territorio español, debe tener la mosca detrás de la oreja y sospechar siempre que los demás tratarán de colarse a la mínima–. Me dirijo raudo y veloz a la ventanilla correspondiente, cuando de repente oigo una voz bruscamente tras de mí:

– ¡EH! ¿Y EL 19 Y EL 20, QUÉ? ¿EH? ¿EH?

Era la madre del cochino y de la cochina en ciernes, furiosa porque entretenida con los gritos de su prole no se había dado cuenta de que le pasaban los números. Yo, alma de buena fe, y tratando de evitar un altercado público, le digo que pase.

Resulta que el motivo por el cual estaba ella allí era conseguir pasaporte para su descendencia. Y se ve que ahora para expedir pasaporte a un niño requieren que el susodicho acuda en persona al consulado, cosa que creo que me parecería perfecta y legalísima, si no fuera porque existen niños-bocina como los de ayer. Mientras la madre se tomaba en broma la burrería de sus hijos (“jaja, van a destruir el Consulado, jajaja, qué divertido”) yo suspiraba lánguidamente, preguntándome si no habría sido mejor hacer que se esperara y que pasara tras de mí.

Al fin, se libera otra de las ventanillas, y le explico por qué no debía llamar al siguiente número sino atenderme a mí, dado que mi número lo había usurpado la madre de las malas bestias que hacían temblar el sótano. Para mi sorpresa, la convenzo, y procede a comenzar con el papeleo. Pero el mal hado no se había marchado aún: de repente, todos los ordenadores se les colapsan, como siempre ocurre a las 12 del mediodía. Yo pensaba: esto es que están volviendo todos los funcionarios a la vez del almuerzo, y por eso se colapsa el sistema. Las tres funcionarias tras la ventanilla buscaban la razón del colapso temporal: “que si pasa todos los días a las 10, y si no es a las 10 es a las 12, porque hace una semana ocurrió así. Que si esto y lo otro”. De paso, otra comentaba que el ratón no le iba, que se había atascado también. Le da la vuelta y observamos que es un ratón de bolita. Viendo esto, se comprende que aún no acepten pagos con tarjeta. Mientras tanto, la irritante cacofonía continuaba, con gritos, coches de carreras por el suelo, carreras, niños andando a gatas por entre las piernas de la gente, vamos, lo normal en un sitio público.

Cuando ya conseguí salir de allí, pensé que me estallaría la cabeza. Incluso el recepcionista me preguntó si lo había conseguido todo. Mi cara debía ser el reflejo del alma más que nunca. Le dije que “sí, sí”, para que no se preocupara, y me arrastré creo que casi haciendo eses hasta la calle. ¡Aire puro! ¡Silencio! Los ruidos de la obra a escasos metros, los golpes de los andamios … ¡música para los oídos!

Y estaba a mitad de camino de vuelta, cuando de un hotel salen dos pánfilos, pánfilo y pánfila, con cámara de vídeo y fotos en mano, respectivamente, y se sitúan uno a cada lado de la acera, pero caminando con un extraño zig-zag aleatorio e imprevisible, de modo que a veces estaban los dos en el centro de la acera, otras veces uno a cada lado…

Trato de adelantarlos, pero primero había unas barandillas por el lado de la acera que me impedían bajar de la misma, con la maniobra habitual para hacer frente a gente así. Luego, coches aparcados y bien prietitos. Al final decido aprovechar un hueco en su particular y ebrio caminar, y me cuelo por enmedio de los dos. Me creía ya triunfante, cuando de repente…

¡PAAAAAAAAS!

¡El palurdo me pega un pisotón en todo el pie!

Anclado al suelo por su pie, hago un breve malabarismo para no caer de bruces, al tiempo que toda la adrenalina que había segregado en el Consulado y que se me había quedado en stand-by de repente volvía a ser bombeada directamente en mi riego sanguíneo, poniéndome de un mal humor impresionante. Muevo los brazos violentamente, para mantener el equilibrio y al mismo tiempo expresar mi cabreo, estiro del pie pisoteado con fuerza para quitarme al opresor de encima, y procedo a continuar mi camino sin volverme, no sin antes soltar un FUCK que resumía todo mi parecer  y que espero hayan oído. Detrás mío, oigo al panoli quejarse. ¡Encima! ¡Me has pisado tú a mí, imbécil! Y la otra le preguntaba, lánguida: “¿es que no lo has visto?”

Pues por supuesto que no me ha visto, le respondo mentalmente. O eso espero, porque si encima me ha pisado a propósito, con la ira que llevo acumulada, no respondo de mis actos. Pero como vais por ahí mirando cada uno a las batuecas y pensando en las musarañas, pues no os dáis cuenta ni de dónde ponéis el pie. ¡Mentecatos!

Por si acaso, he seguido adelante, rápidamente, para ver si con el ejercicio rápido conseguía deshacerme de la adrenalina y otras sustancias peligrosas que produce el cuerpo en situaciones de tensión. Yo creo que lo he conseguido, pero ahora se le debe haber transmitido toda a quien haya leído esta crónica. ¡JOJOJOJO!

Related posts:

  1. Manolo’s: tienda de barrio a la española… en Londres
  2. Los bancos españoles y sus extraños cargos
  3. Conversaciones espontáneas (II)
  4. Abbey es ahora Santander
  5. Londres y la nieve: una historia de amor/odio
This entry was posted in Vida cotidiana and tagged , , , , , . Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

*

You may use these HTML tags and attributes: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>