Queso, tomate Orlando y las aceitunas rellenas de anchoa

Hagamos un inciso en la investigación de las charity schools de Westminster. Les contaré una de las cenas más extrañas que sufrí hace unos meses, para que esto no se convierta en un blog de historia de Londres (que tampoco estaría mal, pero no lo leería ni el Tato, me temo).

Me dijo mi compi que había conocido a un tipo que se venía a trabajar a Londres, con su novia, y que le había insistido tanto, tanto, en quedar para cenar y charlar un rato, que al final aceptó. Así que de esa manera tan tonta me vi obligado a acudir a dicha cena.

El restaurante elegido era una pizzería rústica por Old Street. Ahora no recuerdo el nombre exactamente, pero era un lugar bastante peculiar, con ladrillos y piedra vista. El camarero nos llevó hacia la parte de abajo, una bodega con atmósfera añeja. Les preguntamos si les parecía bien coger cuatro tipos de pizza diferentes, y compartir, y dijeron que sí, que estupendo. Así que eso le pedimos al camarero.

Al rato vino con las susodichas, ¡riquísimas! Con generoso queso, una masa fina pero suficiente para aguantar el peso, resto de condimentos sabrosos, en fin, ¡muy bien! Así compensábamos con la lánguida conversación que estábamos manteniendo, o mejor dicho, la conversación que estábamos alimentando por vía intravenosa, porque aquello ya estaba en las últimas. Las aficiones de nuestros “invitados” pasaban todas por la caja tonta, y nosotros, que no vemos la tele, ¡no sabíamos de qué nos estaban hablando! Cuando tratábamos de desviar el tema y hablar de algo de lo que pudiéramos hablar, duraba poco: al rato se quedaban callados y mirando a las batuecas. Oh qué padecer…

En uno de esos recovecos de conversación, sale el recurrente y socorridísimo tema de España versus Londres. No me sorprendió, especialmente porque estaban casi casi recién llegados a Londres: es normal que eches cosas a faltar, o al menos que encuentres cosas raras, diferentes. Pero va y dicen que lo que más echaban de menos, y por lo cual hacían viajes en exclusiva al García de Portobello, era el tomate Orlando.

El Horror.

Me quedé mirándolos sin poder creer lo que estaban diciendo. ¿Orlando? ¿Pagan por un producto importado que encima es malo de narices? Se estarán refiriendo al Solís…, me dije. Lo pregunté, no fuera que hubieran cometido un despiste mental. Pero no, no, lo decían en serio. Les gustaba el tomate Orlando. Lo admitían en público.

Y aquí les explicaré por qué aquel hecho les restó muchos puntos de repente: el tomate Orlando es probablemente de lo más repulsivo y desagradable que se puede encontrar en el mercado. Lo probé una vez, una y no más, porque casi echo la pota con ello. Era una especie de puré aguado, ácida a más no poder, donde apenas se podía encontrar algún tropezón de tomate. En aquella ocasión, pensé que es que quizá me había salido una lata pasada de fecha, pero lo comprobé y estaba en plena vigencia. Aún extrañado, le pregunté a más gente, y todos lo confirmaron: ¡era el peor tomate que habían probado!

Así que escuchar a aquellos dos diciendo que echaban de menos aquel tomate fue una especie de revulsivo. A partir de ahí, la conversación fue en picado. Luego siguieron: lo otro que echaban de menos eran las aceitunas rellenas de anchoa. No podían concebir una ensalada sin ellas. Sí, hablo en serio. No podían comer lechuga si no era con aceitunas rellenas de anchoa en el mismo recipiente. “No les entraba”. Por lo tanto, debían ir al García de Portobello a por las aceitunas también. Les pregunté si no les bastaba con aceitunas rellenas de pimiento, que es lo que se estila más por aquí, y por supuesto dijeron que no. Que o con anchoa o nada, no hay ensalada que valga.

Pero el bombazo de la noche aún estaba por llegar. Quizá con la lengua sueltecita gracias al alcohol de la cerveza que habían tomado, nos confesaron que no les gustaba el queso.

Miramos hacia las bandejas de las pizzas, que aún estaban sobre la mesa, como recordando la de queso que acabábamos de ingerir, y los miramos a ellos. Lo único que pudimos contestar fue:

– Pero si no os gustaba el queso… ¿por qué habéis cogido pizza?

Tampoco es que fueran muy argumentativos:

– Bueno, hemos cogido las que menos queso tenían…

Podíamos habernos extendido preguntándoles por qué habían dicho que “vale” a lo de compartir pizzas, o podíamos haberles preguntado que si no les gustaba el queso –y es un hecho que sabían a priori– por qué habían dicho que sí a ir a una pizzería, pero es que estábamos ya tan alucinados, que el lado lógico-razonador de nuestro cerebro se debió desactivar para evitar una sobrecarga, porque no volvimos a comentar este tema hasta el día siguiente, cuando –entre nosotros– mi compi preguntó lo de “¿Y que no les gustara el queso?”

Buena pregunta. Toda la gente que conozco a la que no le gusta el queso es rara. No era de extrañar que no conéctaramos con ellos. Desde entonces, cuando conozco a alguien tengo el deseo irrefrenable de preguntarle si le gusta el queso :D

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