Frankenstein y los escandalosos

Les comentaba el otro día que nuestros vecinos están de lo más molestos últimamente. Eso, o es que se nos está afinando el oído, al revés de lo que cabría esperar (más mayores, y más sordos).

Primero empezó el de arriba. Puede que el ocupante de ahora sea un nuevo inquilino, y por eso no nos había molestado el/los de antes. Su forma de incordiar y resultarnos unpleasant consiste en dar pasos. Sí, caminar por su piso. ¡Pero de qué manera, y a qué horas! No tengo ni idea de quién vive arriba mío –estas cosas de las grandes metrópolis–, puesto que nunca se ha dignado a aparecer por las reuniones de vecinos, así que no sé si está gordo, es enorme o si gusta de calzar zuecos o zapatos con suelas ruidosas. Lo único que sé es que a las 6.30 de la mañana comienza el estruendoso zapateado: TROMP, TROMP… TROMP, TROMP…

Está uno tumbado en la cama y oye cómo los pasos se acercan o se alejan, imaginando cómo la terrible criatura danza por el piso de arriba, con sus enormes zapatones, los brazos extendidos buscando una víctima inocente. El techo entero vibra, como la panza de un bombo, con cada una de las pisadas: es como si le estuvieran dando a uno golpes en la cabeza, con maldad y alevosía… Y como consecuencia, acaba uno levantándose de mal humor y antes de tiempo, porque es imposible continuar durmiendo mientras Frankenstein está bailando un zapateado sobre nuestras cabezas.

Y cuando creíamos que ya teníamos suficiente con el de arriba… comenzaron los ruidos en el piso de al lado. Lo cierto es que nos sorprendió, porque pensábamos que aún vivía el vecino de al lado. Digamos que se llamaba Mr. B. Bien, pues Mr. B era un vecino encantador, discreto, silencioso y educado: nos saludábamos al cruzarnos por el descansillo y nos dábamos las cartas que el cartero nos había entregado incorrectamente. Por lo demás, nunca sabíamos si estaba, o no estaba en el piso: el vecino ideal.

Pero se ve que Mr. B se había ido del piso, sin ni siquiera despedirse :-( Lo descubrimos cuando oímos unos cuantos portazos inesperados, de los que retumban en nuestro propio piso. Ése no es el estilo de Mr. B, nos dijimos. Mr. B nunca soltaría así la puerta. A los portazos siguieron los atroces ruidos de reformas: taladros, martillazos, golpes diversos y no identificados. Pensábamos que los portazos los daban los operarios que estaban realizando las reformas, que no es que tengan en mucha estima la propiedad ajena y aún menos se preocupen por el ruido o las molestias que ocasionen a los vecinos de sus clientes. Esperábamos con ilusión el día en que acabaran de obrar y entrara a vivir quienquiera que tuviera que entrar.

Bueno, pues mi compi estaba un día en la ducha, cuando salió y me dijo: creo que al lado vive ahora una mujer… ¡y no veas lo que le gusta cantar en la ducha…! Menudos berridos pegaba la tía…

Me reí y no le dí la mayor importancia. Personalmente, no canto en la ducha por si me entra jabón en la boca, pero como no tengo que dormir ni realizar labores intelectuales cuando estoy en el baño, me pareció fantástico que cantara la vecina en la ducha.

Pero un sábado por la noche estaba tan tranquilo en la cocina, limpiando un par de cacharros en la pila, cuando empecé a oir unos sonidos… familiares, por así decirlo, pero realmente extraños en aquel contexto. Cierro el grifo, y levanto las orejas como un buen gato, para escuchar atentamente e identificar qué era aquello que me había parecido oir.

No había duda alguna: había alguien gimiendo en el piso de al lado. Y no parecía que lo estuviera pasando mal, desde luego. Los gemidos fueron en aumento, y duraron un buen rato. No sé si nos sorprendió más porque no lo habíamos oido nunca por parte de Mr.B. o porque se oyeran tan claramente, porque no podemos oír los otros sonidos –la tele, música– en absoluto. En fin, que lo dejamos como mera curiosidad anecdótica, y ya.

Pero dos días después, tras despertarnos con el paseo matutino de Frankenstein, estábamos desayunando cuando de repente… ¡volvieron los gemidos! “¡Ah, ah, ah…!”. Bueeeeno, dejémoslos que retocen y refocilen a placer, que no hacen mal a nadie… ¿o sí? Porque al rato, los gemidos se tornaron en sollozos desesperados. Tanto, que incluso me empecé a preocupar: ¿estará pasando algo grave ahí al lado? El mal momento duró un rato… y después volvieron los gemidos, aún más tremendos si cabe. Nuestros rostros eran un cuadro abstracto, vivo reflejo de la confusión que reinaba en nuestro entendimiento, pero procuramos hacer como que no oíamos.

Otro día volvieron los gritos; de buena mañana, con un descanso (la siesta post-) y la continuación o segundo asalto al despertarse. Y si sólo fuera eso… pero es que cuando no se dedican a refocilarse, dan golpes con gusto: deben haber instalado un armario contra la pared de nuestra cocina, y debe tener las puertas atascadas, así que cada vez que lo cierran, PLAAAAAM, castañazo que va (repetidas veces) hasta que la puerta se cierre del todo. Hay veces en que me da la impresión de que va a caerse la pared y aparecer la cabeza del vecino de al lado por ahí.

Mas no crean que acaba aquí la cosa. Si no es el armario, son los portazos: que no sólo el operario los daba, ellos también (dando ejemplo). Así, escucho cuando vuelven por la noche, cuando salen por la mañana, cuando entran y salen varias veces los fines de semana… Le hacen a uno cotilla a la fuerza, obligándole a enterarse de los sucesos ajenos lo quiera o no. Y para rematar, hay algo que dejan caer de cuando en cuando, y que hace vibrar todo el suelo. El qué, lo desconozco. Pero se oye una vibración de baja frecuencia (BOMMMM) y te llega hasta lo más profundo del tímpano, mientras notas como toda la casa tiembla, y te preguntas qué narices es lo que dejan caer.

Supongo que es una consecuencia que hay que aceptar cuando se vive en una casa con vigas de madera. Al ser un material flexible, transmiten las bajas frecuencias de una manera que es hasta repugnante a veces. ¡Pero estábamos tan tranquilos antes…!

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